miércoles, 28 de octubre de 2009
Y será
domingo, 25 de octubre de 2009
Chán chaca chán
Cuando la cólera es intolerable
¡Mierda, mierda! - Se decía a sí mismo mientras lanzaba los puños contra la mesa de la cocina. Era incapaz de entender de manera racional aquello que tanto lo atormentaba. El joven barbero sumido en la desesperación desquitaba toda su furia contra aquella mesa vieja que apenas se mantenía en pie. No fueron más de tres rachas de fuerza las que destrozaron las patas de madera podrida, sin embargo, el odio que ardía en los ojos de Luccio necesitaría al menos una docena para poder calmarse aunque fuera unos momentos. -¡Cómo pude ser tan imbécil!- gritaba para que después el sonido se ahogara en la soledad de su cocina.
En aquel momento lo único que pasaba por la cabeza de Luccio Sorrentino eran esos ojos color aceituna que le provocaban toda su furia. En ningún momento llegó a creer que se tendría que enfrentar con ello, no estaba listo en ese instante y esa era la razón por la que había acumulado todo ese odio que destrozó la mesa en la que comía su tostada de jamón cada mañana. Pero ¿cómo podría quitar de su cabeza aquella tarde de Diciembre en la que la vio?
Él sólo caminaba perdido en sus ideas, como lo había hecho durante ya varias semanas, intentando entender las palabras que lo sentenciaron a la desgracia en la que se encontraba. - El tiempo entierra lo que sea y las heridas se cubren con el manto del olvido. Sólo espera…- pensaba mientras recorría las angostas calles de Castrogiovanni. En ese momento, al alzar su mirada, sintió un escalofrío casi tan fuerte como un calambre. En contra esquina con el teatro Garibaldi, frente a una pequeña cafetería estaba ella, con esa cara angelical por la cual se había desvivido durante años. Sí hubiera sido otra ocasión se habría deprimido y animado a la vez al ver a aquella mujer caminar, sin embargo ese momento fue diferente; ella no estaba con sus amigas como acostumbraba ni en el lugar en que solía estar. Luccio solía caminar por esa parte de la ciudad para evitar toparse con la doncella que lo había desechado y así poder poco a poco reconstruir su fortaleza para atreverse a siquiera dirigirle la palabra a otra mujer. Se había hundido en alcohol y las rameras, pero él no podría volverse dirigir a una mujer decente como lo había hecho con ella. Ese día, mientras se le helaba la cara por el viento del norte, la vio acompañada de un desconocido.
El hombre que vestía un traje de fino corte dirigió su mirada hacia donde Luccio se encontraba paralizado, aunque a aquella distancia nadie lo hubiera reconocido. Pero Luccio logró distinguir al sujeto que se encontraba con su antigua amada. Sin duda alguna era ese banquero londinense que recién se había establecido y del cual todos hablaban en su barbería. Un piazzonovante adinerado que comenzaba a aprovechar la ingenuidad de los habitantes de la pequeña ciudad y ahora estaba aprovechándose del dolor que sentía Luccio al ver a Rossella acompañándolo. El coraje de la derrota lo invadió en ese instante y, sin más que hacer, se dio la vuelta y regresó por su camino mientras el odio comenzaba a demoler las bases de su cordura.
Ahora, mientras sus puños se ponían rojos por golpear la mesa, lograba entender de una forma retorcida las palabras que Rossella había escupido sobre su persona aquella noche de Octubre. Todo fue una tontería, no fue como ella dijo. Era descabellado, descarado y bajo lo que le había hecho y no podría dormir soportando aquello. Eso era para él era una infamia que rompía con sus creencias. - ¡Maldita Zorra!- se quejaba mientras se le escapaban las lágrimas. Cada cosa que sacrificó y cambió para ella no valían nada, su corazón herido se encontraba hinchado por el rencor. En su mente solo había lugar para algo, además del odio que sentía hacía Rossella y su ragazzo Británico: mientas todos festejaban en la plaza el día de San Esteban, Luccio comenzó a obsesionarse con la cosa por la que muchos lo han perdido todo. Pero a Luccio eso le importaba un bledo, él creía no tener nada que perder en ese instante. Y aquella noche nevada de Diciembre, Luccio había jurado su vendetta.
El sol de la mañana invadía la cama de Rossella Vendrelli y ella despertaba con una sonrisa, se encontraba de buen humor porque todo le pintaba de maravilla: había conseguido un nuevo empleo y mejorado la relación con sus conocidos. Al verse al espejo recordaba los momentos que había pasado junto a Luccio, dándole una sonrisa que mostrar a los demás. Aún era difícil, pero ya no le molestaba como solía hacerlo cuando lloraba cada noche al pensar en él. Ahora nada la detendría, seguiría adelante hasta encontrar la paz que tanto buscaba. Hoy volvería a ver a ese joven extranjero que la había buscado cada tarde durante semanas, le parecía agradable y una buena opción para volver a comenzar. – La vida sigue, hazle frente, todo saldrá bien…- pensaba Rosella mientras se cepillaba el pelo.
Luccio era tan sólo un recuerdo para ella y, como ya le había dicho, ella necesitaba valerse por sí misma. Tenía las riendas de su destino y estaba dispuesta a sacarle todo el jugo a la vida mientras pudiera. El amor podría volverle a sonreír, por eso jamás dejaría pasar la oportunidad que Frederick le había dejado en la puerta. Aún amaba a Luccio, aunque tuviera que olvidarlo y deseaba deshacerse de todos los recuerdos por las noches no podía evitar voltear hacia atrás. - No dejes que las cosas vayan mal, sé positiva- le decía a su reflejo. Ella estaba lista para enfrentarse al mundo que estaba esperándola al otro lado de su ventana.
Habían pasado días desde que Luccio había arruinado la mitad de su casa a golpes, sin embargo sus manos se encontraban deshechas por golpear al espejo. - Así es la vida, viejo. Acéptalo - Le decía Luca mientras Luccio cortaba su cabello. - Ella se ve con el piazzonovante inglés - susurró Luccio con desánimo. -¿Qué? Date por hecho, mi compagno, ese sujeto tiene negocios con los Varcini y cualquier cosa que hagas te puede mandar directo al desfiladero- contestó Luca con asombro. Luccio miró el espejo mientras hacía los últimos toques al corte de Luca, al ver su cara con aspecto sombrío desechó una frase: -¿Qué más da? Yo qué voy a hacer- . Y durante el resto de la mañana no volvió a pronunciar una palabra hasta cerrar para ir a comer.
Sorrentino salió de la barbería para tomar la ruta que acostumbraba seguir rumbo a su casa. Su furia seguía latente pero su sentido común la controlaba bajo una mascara seria y desanimada por la que cualquiera sentiría lástima. Fue cuestión de un parpadeo para que lo que menos esperaba se hiciera realidad. No pudo distinguirlo al principio por el resplandor del sol, pero en segundos se le heló la piel al cubrir una nube al caluroso resplandor del mediodía. – No puede ser verdad… no, no, no - pensaba mientras apretaba sus bolsillos. Era real y frente a él, junto a la puerta de un coche, Frederick le robaba un beso a Rossella y ésta lo aceptaba sin objeción alguna. Era como si hubiera tenido frente a él a la propia muerte; paralizado, no sabía qué hacer. La rabia lo había nublado completamente y cualquier idea que corriera por su cabeza se había unido en sólo un pensamiento, un pensamiento casi tan egoísta como lo que Rossella le había dicho un par de meses atrás. Apretó lo que se encontraba en su bolsillo, sorprendiéndose, ¡vaya momento inoportuno para que un joven barbero descubriera los celos! En su bolsillo se encontraba aquella gran navaja con la que realizaba impecablemente su trabajo y sin pensarlo, lleno de furia y sed de venganza, corrió hasta ellos. En ese momento todo rastro humano y racional de Luccio Sorrentino se había desvanecido.
Del otro lado Rossella admiraba emocionada a Frederick, era todo lo que había querido. Era casi perfecto y se moría por ella: todo lo que una mujer hubiera soñado, incluyendo el dinero. Frederick estaba desesperado por tenerla y sin pensarlo se lanzó sobre ella robándole un beso, el cual tenía el delicioso sabor de la victoria. Pero para Rossella fue una punzada, una bomba de fuego cubierta de caramelo; deliciosa pero totalmente destructora. Por su cabeza cruzó una frase de la cual había escapado todo ese tiempo: Ella no estaba lista. Levantó la mirada con una sonrisa disimulada apartándose de Frederick para sólo encontrarse frente a frente con los ojos llenos de rabia de aquél al que amó incondicionalmente tiempo atrás. Confusión, angustia, sorpresa; fueron algunas de las tantas cosas que vivió en ese momento. Intentó recordar todas las cosas que vivieron juntos pero sólo vino una a su cabeza y fue aquella que había causado toda la desgracia, sólo proyectó aquella imagen desde la colección de sus recuerdos y eran los ojos de Luccio que reflejaban cómo cada pedazo de su corazón se hacía trizas. Las lágrimas lograron salir de sus ojos un instante antes de que su garganta fuera destrozada por la fuerza de la vendetta.
Luccio miró sus manos, miró la calle y toda la sangre que lo rodeaba a él y a los cuerpos sin vida de Frederick y Rossella, dejando de lado los gritos de las personas que lograron presenciar tan horrible escena. Él sonreía mientras sus ojos se tornaban rojos por las lágrimas, había arruinado todo lo que había levantado en un instante y había asesinado a la mujer que era su rayo.
Los silbatos hacían eco en la creciente calle de San Agostino. Él ya era hombre muerto pero no le preocupaba, porque Luccio Sorrentino ya había muerto al haber destrozado aquella mesa, del mismo modo que lo hizo con la bella Rossella, quién nunca supuso que el que le dio fuerzas para sonreír esa mañana fuera capáz de cometer tal desgracia. -¿Cómo fue?- se preguntó Luccio mientras miraba desde lo lejos a los patrulleros que venían tras su captura lanzando un suspiro al aire.
Y un agradecimiento a Merluchis por corregir los horrores de ortografía.
sábado, 24 de octubre de 2009
Y fue
de esos en los que todos son desconocidos y todos comentan sobre sus desgracias.