miércoles, 28 de octubre de 2009

Y será

Historias baratas.. pero las amoo:

No title (sugieran)

Pasaban de las tres de la mañana y la tensión en la mesa era sorprendente. El calor se hacía presente debido a la cantidad elevada de adictos a las tragamonedas y a jugarse su dinero, sobre todo damas de edad avanzada dispuestas a derrochar hasta el último centavo con tal de llenar ese vació que a todos atormenta. Mi sonrisa era incontenible, mi racha perfecta y mis bolsillos repletos de fichas; nada podía ser mejor.

El resto del grupo parecía bastante frustrado, el olor al humo de sus propios cigarrillos los irritaba y los nervios hacían temblar sus dedos; sin duda alguna eran todos unos profesionales. No era aceptado en ese lugar, era demasiado blando y no estaba dispuesto a entregarme totalmente a aquel vicio letal que los consumía. Era un punto crítico, mientras todos esperábamos que el croupier lanzará las cartas cuando se cerraran las subidas del inicio. A pesar de que me sentía totalmente confiado, la duda me aplastaba. ¿Debería jugarlo todo?¿Soy capaz de arriesgarme tanto? Nunca se sabe, pero de algo estaba seguro, el no haber sido valiente el haberme quedado sin hacer nada me había costado cosas que a la larga me destrozaron. No, la vida no esta hecha para aquellos temerosos ni mucho menos para los perdedores, esta hecha para aquellos capaces de destrozar por sus principios y adaptarse a cualquier situación. La vida es una mierda y de nosotros depende si la volvemos una joya para así poder ser capaces de venderla a los demás, por ello es necesario arriesgarlo todo a como de lugar.

Levante la vista y miré mis cartas, dos ases no podrían fallar para el flop. Soportar otra ronda las caras largas de estas personas que se desterraron de la realidad sería insoportable, deprimen. - Lo doy todo- dije al couprier con un tono suave y cortés, mi cortesía molestaba como un grano en el culo a este grupo de zombies adictos a las emociones pasajeras. Si gano tomaré mi dinero y me iré muy lejos , lejos para no volver a este hoyo de ratas negras. Estaba decidido, jamás perdería a partir de ahora. Era imposible y el futuro me aguardaba con sin fin de sorpresas, pero de algo estaba seguro nunca jamás me mojaría en el charco de los perdedores a pesar de que no siempre tenga la mejor tajada, porque en cualquier momento podré tener la suerte de tomar lo mejor.

El couprier tomó las últimas dos carta mientras todos nos mirábamos con impaciencia y uno a uno retrocederían para dejar camino a los decididos. Los miro cuidadosamente mientras una fogosa alegría brota de mi ser. -¿Qué esperan? Jueguen señoritas que no tengo todo la vida para soportar su inseguridad, todos hicieron una mueca y en un instante todos mostraron sus cartas mientras en mi cara se dibujaba la imagen de la victoria sin siquiera tener idea si la tenía en las manos.

domingo, 25 de octubre de 2009

Chán chaca chán

Dejaré una historia que no pensaba compartir O: igual este blog es tan impopular como los infomerciales de las doce. Como sea comenzaré de una buena vez.


Cuando la cólera es intolerable

¡Mierda, mierda! - Se decía a sí mismo mientras lanzaba los puños contra la mesa de la cocina. Era incapaz de entender de manera racional aquello que tanto lo atormentaba. El joven barbero sumido en la desesperación desquitaba toda su furia contra aquella mesa vieja que apenas se mantenía en pie. No fueron más de tres rachas de fuerza las que destrozaron las patas de madera podrida, sin embargo, el odio que ardía en los ojos de Luccio necesitaría al menos una docena para poder calmarse aunque fuera unos momentos. -¡Cómo pude ser tan imbécil!- gritaba para que después el sonido se ahogara en la soledad de su cocina.

En aquel momento lo único que pasaba por la cabeza de Luccio Sorrentino eran esos ojos color aceituna que le provocaban toda su furia. En ningún momento llegó a creer que se tendría que enfrentar con ello, no estaba listo en ese instante y esa era la razón por la que había acumulado todo ese odio que destrozó la mesa en la que comía su tostada de jamón cada mañana. Pero ¿cómo podría quitar de su cabeza aquella tarde de Diciembre en la que la vio?

Él sólo caminaba perdido en sus ideas, como lo había hecho durante ya varias semanas, intentando entender las palabras que lo sentenciaron a la desgracia en la que se encontraba. - El tiempo entierra lo que sea y las heridas se cubren con el manto del olvido. Sólo espera…- pensaba mientras recorría las angostas calles de Castrogiovanni. En ese momento, al alzar su mirada, sintió un escalofrío casi tan fuerte como un calambre. En contra esquina con el teatro Garibaldi, frente a una pequeña cafetería estaba ella, con esa cara angelical por la cual se había desvivido durante años. Sí hubiera sido otra ocasión se habría deprimido y animado a la vez al ver a aquella mujer caminar, sin embargo ese momento fue diferente; ella no estaba con sus amigas como acostumbraba ni en el lugar en que solía estar. Luccio solía caminar por esa parte de la ciudad para evitar toparse con la doncella que lo había desechado y así poder poco a poco reconstruir su fortaleza para atreverse a siquiera dirigirle la palabra a otra mujer. Se había hundido en alcohol y las rameras, pero él no podría volverse dirigir a una mujer decente como lo había hecho con ella. Ese día, mientras se le helaba la cara por el viento del norte, la vio acompañada de un desconocido.

El hombre que vestía un traje de fino corte dirigió su mirada hacia donde Luccio se encontraba paralizado, aunque a aquella distancia nadie lo hubiera reconocido. Pero Luccio logró distinguir al sujeto que se encontraba con su antigua amada. Sin duda alguna era ese banquero londinense que recién se había establecido y del cual todos hablaban en su barbería. Un piazzonovante adinerado que comenzaba a aprovechar la ingenuidad de los habitantes de la pequeña ciudad y ahora estaba aprovechándose del dolor que sentía Luccio al ver a Rossella acompañándolo. El coraje de la derrota lo invadió en ese instante y, sin más que hacer, se dio la vuelta y regresó por su camino mientras el odio comenzaba a demoler las bases de su cordura.

Ahora, mientras sus puños se ponían rojos por golpear la mesa, lograba entender de una forma retorcida las palabras que Rossella había escupido sobre su persona aquella noche de Octubre. Todo fue una tontería, no fue como ella dijo. Era descabellado, descarado y bajo lo que le había hecho y no podría dormir soportando aquello. Eso era para él era una infamia que rompía con sus creencias. - ¡Maldita Zorra!- se quejaba mientras se le escapaban las lágrimas. Cada cosa que sacrificó y cambió para ella no valían nada, su corazón herido se encontraba hinchado por el rencor. En su mente solo había lugar para algo, además del odio que sentía hacía Rossella y su ragazzo Británico: mientas todos festejaban en la plaza el día de San Esteban, Luccio comenzó a obsesionarse con la cosa por la que muchos lo han perdido todo. Pero a Luccio eso le importaba un bledo, él creía no tener nada que perder en ese instante. Y aquella noche nevada de Diciembre, Luccio había jurado su vendetta.

El sol de la mañana invadía la cama de Rossella Vendrelli y ella despertaba con una sonrisa, se encontraba de buen humor porque todo le pintaba de maravilla: había conseguido un nuevo empleo y mejorado la relación con sus conocidos. Al verse al espejo recordaba los momentos que había pasado junto a Luccio, dándole una sonrisa que mostrar a los demás. Aún era difícil, pero ya no le molestaba como solía hacerlo cuando lloraba cada noche al pensar en él. Ahora nada la detendría, seguiría adelante hasta encontrar la paz que tanto buscaba. Hoy volvería a ver a ese joven extranjero que la había buscado cada tarde durante semanas, le parecía agradable y una buena opción para volver a comenzar. – La vida sigue, hazle frente, todo saldrá bien…- pensaba Rosella mientras se cepillaba el pelo.

Luccio era tan sólo un recuerdo para ella y, como ya le había dicho, ella necesitaba valerse por sí misma. Tenía las riendas de su destino y estaba dispuesta a sacarle todo el jugo a la vida mientras pudiera. El amor podría volverle a sonreír, por eso jamás dejaría pasar la oportunidad que Frederick le había dejado en la puerta. Aún amaba a Luccio, aunque tuviera que olvidarlo y deseaba deshacerse de todos los recuerdos por las noches no podía evitar voltear hacia atrás. - No dejes que las cosas vayan mal, sé positiva- le decía a su reflejo. Ella estaba lista para enfrentarse al mundo que estaba esperándola al otro lado de su ventana.

Habían pasado días desde que Luccio había arruinado la mitad de su casa a golpes, sin embargo sus manos se encontraban deshechas por golpear al espejo. - Así es la vida, viejo. Acéptalo - Le decía Luca mientras Luccio cortaba su cabello. - Ella se ve con el piazzonovante inglés - susurró Luccio con desánimo. -¿Qué? Date por hecho, mi compagno, ese sujeto tiene negocios con los Varcini y cualquier cosa que hagas te puede mandar directo al desfiladero- contestó Luca con asombro. Luccio miró el espejo mientras hacía los últimos toques al corte de Luca, al ver su cara con aspecto sombrío desechó una frase: -¿Qué más da? Yo qué voy a hacer- . Y durante el resto de la mañana no volvió a pronunciar una palabra hasta cerrar para ir a comer.

Sorrentino salió de la barbería para tomar la ruta que acostumbraba seguir rumbo a su casa. Su furia seguía latente pero su sentido común la controlaba bajo una mascara seria y desanimada por la que cualquiera sentiría lástima. Fue cuestión de un parpadeo para que lo que menos esperaba se hiciera realidad. No pudo distinguirlo al principio por el resplandor del sol, pero en segundos se le heló la piel al cubrir una nube al caluroso resplandor del mediodía. – No puede ser verdad… no, no, no - pensaba mientras apretaba sus bolsillos. Era real y frente a él, junto a la puerta de un coche, Frederick le robaba un beso a Rossella y ésta lo aceptaba sin objeción alguna. Era como si hubiera tenido frente a él a la propia muerte; paralizado, no sabía qué hacer. La rabia lo había nublado completamente y cualquier idea que corriera por su cabeza se había unido en sólo un pensamiento, un pensamiento casi tan egoísta como lo que Rossella le había dicho un par de meses atrás. Apretó lo que se encontraba en su bolsillo, sorprendiéndose, ¡vaya momento inoportuno para que un joven barbero descubriera los celos! En su bolsillo se encontraba aquella gran navaja con la que realizaba impecablemente su trabajo y sin pensarlo, lleno de furia y sed de venganza, corrió hasta ellos. En ese momento todo rastro humano y racional de Luccio Sorrentino se había desvanecido.

Del otro lado Rossella admiraba emocionada a Frederick, era todo lo que había querido. Era casi perfecto y se moría por ella: todo lo que una mujer hubiera soñado, incluyendo el dinero. Frederick estaba desesperado por tenerla y sin pensarlo se lanzó sobre ella robándole un beso, el cual tenía el delicioso sabor de la victoria. Pero para Rossella fue una punzada, una bomba de fuego cubierta de caramelo; deliciosa pero totalmente destructora. Por su cabeza cruzó una frase de la cual había escapado todo ese tiempo: Ella no estaba lista. Levantó la mirada con una sonrisa disimulada apartándose de Frederick para sólo encontrarse frente a frente con los ojos llenos de rabia de aquél al que amó incondicionalmente tiempo atrás. Confusión, angustia, sorpresa; fueron algunas de las tantas cosas que vivió en ese momento. Intentó recordar todas las cosas que vivieron juntos pero sólo vino una a su cabeza y fue aquella que había causado toda la desgracia, sólo proyectó aquella imagen desde la colección de sus recuerdos y eran los ojos de Luccio que reflejaban cómo cada pedazo de su corazón se hacía trizas. Las lágrimas lograron salir de sus ojos un instante antes de que su garganta fuera destrozada por la fuerza de la vendetta.

Luccio miró sus manos, miró la calle y toda la sangre que lo rodeaba a él y a los cuerpos sin vida de Frederick y Rossella, dejando de lado los gritos de las personas que lograron presenciar tan horrible escena. Él sonreía mientras sus ojos se tornaban rojos por las lágrimas, había arruinado todo lo que había levantado en un instante y había asesinado a la mujer que era su rayo.

Los silbatos hacían eco en la creciente calle de San Agostino. Él ya era hombre muerto pero no le preocupaba, porque Luccio Sorrentino ya había muerto al haber destrozado aquella mesa, del mismo modo que lo hizo con la bella Rossella, quién nunca supuso que el que le dio fuerzas para sonreír esa mañana fuera capáz de cometer tal desgracia. -¿Cómo fue?- se preguntó Luccio mientras miraba desde lo lejos a los patrulleros que venían tras su captura lanzando un suspiro al aire.


Y un agradecimiento a Merluchis por corregir los horrores de ortografía.



sábado, 24 de octubre de 2009

Y fue

Hace poco estaba leyendo un foro de discusión en línea,
de esos en los que todos son desconocidos y todos comentan sobre sus desgracias.
Entre los miles de temas estaba el de un sujeto cuya "chica" (novia, compañera, amor, vieja, con la que se revuelca, etc) lo había abandonado después de una relación bastante duradera en cuestión de unos días, por la razón de que "ya no era lo mismo".

Esto me puso a pensar en esas cosa que no quieres pensar, sobre la situación en la que me encuentro yo, nada simpática pero bastante colorida por cierto. A lo que vengo es: ¿Hasta dónde nos podemos arrastrar?
La sentencia que me dictaron fue simple, egoísta , boba, descarada y puedo continuar añadiéndole características para describirla, pero ese no es el caso. Lo increíble de esto es . fue un ultimatum para el que yo me tenía que preparar y en ese momento inesperado se colocó una bomba de tiempo sobre mi cabeza para la cual según yo estaba preparado. En esos instantes ,en los que nada tiene mucho sentido, rápidamente predije las cosas que iban a pasar en un lapso de meses. Es un problema ser un hombre rápido y calculador, por que sientes la bala antes de que se jale el gatillo y cuando se jala el gatillo la vuelves a sentir con la misma intensidad que te imaginaste. Y me preparé mentalmente para el día y los demás eventos que predije... y así fue como mirando a los ojos a aquella que tanto ame me aplique mi propia sentencia.

El tiempo esta pasando, lento y sin curar absolutamente nada por que no hay nada que curar yo estaba listo para aquel momento y a pesar de que todo aquello que predije se cumple no la he dejado de lado. No soy capaz, a pesar de que pisoteó mi orgullo, de sentir algo lo suficiente malo para odiarla. A pesar de que me dejo, me cambio y me hizo trizas mi coraje no es lo suficientemente grande como para despreciarla o para tomar mano sobre la espada de lavendetta y vaya que esto está totalmente en contra de mis principios que había puesto en lo más alto de mi pirámide de importancia. Sólo puedo sonreír y verla pasar con mi sustituto el que de seguro me ve como un simplón al que ha derrotado. No tengo otra opción más que esperar, esperar a que la barrera de mi orgullo vuelva a levantarse así como la dinastía Qin levanto la Gran Muralla China.

En esta situación muchos lloran, otras se enojan , otros golpean, otros se vengan. Desde ir con Putas hasta encontrar sustituta , beber alcohol hasta hincharse o cegarse por el humo del tabaco, correr al norte, volar al sur por decir una de tantas cosas en las cuales los hombres se refugian de la agonía y yo aquí sentado frente a la luz del monitor lo único que puede es sonreír y esperar que algún día mi grito sea tan fuerte como para sofocar el silencio del abandono.

El amor no es cosa de días, al salir del abismo en el que me encuentro resultará muy difícil volver a pronunciar esas dos palabras que muchos lo hacen sin quiera comprenderlas, esas que gritan los ineptos al poco tiempo de conocerse y a que en este momento me parecen totalmente absurdas.

Y ahora que se me va el tiempo escribiendo tantas pendejadas recuerdo una canción para dolidos y dolidas de esas que te hacen enojar y aveces llorar... pero vamos que eso no nos encanta